Martín Gorri fue, como todos los primeros jueves de mes, a la reunión de la única asociación a la que pertenecía: la POCA, Pocket One Collectors Association. Eran tiempos sombríos para Martín, y se refugiaba en la asociación que se convocaba en el bar Danubio. La reunión era a las 21 y el viaje en el 60 lo animaba.
"Vení Martín, tenemos que comentarte algo", lo recibió Oscar en la reunión. "Alfredo trajo el catálogo de Inglaterra", y así la decena de parroquianos se reunió tras el pequeño libreto que presentaba las maravillas de la colección deseada. "Otra vez los de Universe la pegaron, ¡presentaron el Branquial!", un curioso coche fusiforme que tenía escapes a los costados que partían de "agallas" como las de los peces.
"Déjenme con esos modelos tontos. A mí me gustan más los de la gama Classical Years, son como en los tiempos de Nistley", exclamó César. Los locos de los Pocket One añoraban los tiempos en que Boris Nistley, oscuro líder de la marca, presentaba interesantes novedades todos los años, como cochecitos de bomberos con escaleras expandibles, miniveleros que eran sensibles al aliento y tractores que venían con cuerda para imitar el ruido de los motores.
"A ver éste...", divisó Martín. "¡Es un concept!" "¡¡¡Un concept!!!" respondieron los demás. "¿Pero cómo te vas a fijar en un 'Mastodóntic Aeroflex'?", sentenció Oscar; "Para concepts, ¡es mejor el Proven!" celebró Juan Manuel. "Claro, porque vos manejás un Mercurial del que deriva", le espetó Víctor.
"Sé del 'Aeroflex'", retomó César, "pero me dijeron que es un modelo misterioso. Los que lo tienen no se quieren desprender de él, no sé por qué. No he tenido oportunidad de ver uno en serio." Martín se preguntó qué sería aquello que tenía tan aferrados a un modelo que, por cierto, no era más que uno de los 60 que la Pocket One traía cada año.
La reunión finalizó con la cena, un carré de cerdo con papas españolas espectacular, y la exposición de los pocos modelos que pudieron conseguir en los últimos días. Eran los tiempos de los precios locos, y la inflación hacía tanto que los pudieran conseguir un Pocket One añoso regalado, como uno nuevo a peso de oro.
Cinco días después, se lo encontró en el mercado. En la góndola de autos en miniatura había carraspeado entre los Pocket One. Entre los coloridos modelos, destacaba en el fondo de unos blisters un voluminoso fantasma marfil. Era un prototipo, que tenía en sus laterales escrito "Aeroflex". No dudó en llevárselo.
Al llegar a su casa, sacó el blíster de su bolso. Con cuidado lo abrió y sacó el pequeño ejemplar. Divisó su cabina de burbuja plástica y sus faros pintados. Hacia el centro, vio una hendidura que marcaba el cochecito por la mitad. "Tiene partes móviles", rezaba el cartón del empaque. Movió la parte trasera del chasis, y éste se flexionó presentando un brillante motor de doce cilindros en V. Martín quedó maravillado por su fulgor.
El brillo fascinaba al coleccionista de manera tal, que le hacía olvidar todo. Parecía un anillo mágico. Martín creyó ver una leyenda en lo que sería la tapa de válvulas, algo grabado. Y como un toma de carburador pintado de rojo brillante, que lo hacía ver como un rubí. Con el reflejo de la lámpara de dibujante con que se iluminaba, el rubí le trajo un recuerdo como un rayo. Y muy grato.
Recordó sus quince años, y cómo había festejado tras un recital de Boombox Twenty. Lo que había festejado frente a "Lonely Home", "Bliss on Fire" y otros temas de esa banda pop que había llegado sólo una vez a su ciudad. Después recordó aquella vez que había ido a la heladería del centro y se había comido medio kilo de menta granizada. Y otro flash del rubí le recordó a Juanita, la única novia que tuvo. La noche que rozaron sus labios, y que se besaron a media luz bajo la lluvia.
La suma de recuerdos iba in crescendo cuando un desliz del pulgar cerró la tapa del motor. Y los recuerdos bonitos cesaron. Otra vez estaba en la mesa de dibujo, observando su Aeroflex, no lejos de los demás Pocket One que tenía en su vitrina. Sintió un dejo de tristeza. Y sintió el reflejo de querer ver de vuelta el motor.
Otra vez la magia. Otra vez, los recuerdos. Salidas, comidas, amores. Un caleidoscopio de alegría a través del brillo del rubí. Y una vez más, la tristeza, cuando otro desliz cerraba el capot trasero del Aeroflex. Estaba por abrir el cubremotor una tercera vez, cuando tocaron a la puerta de su dos ambientes.
Era Pedro, su vecino. Con su hijo Orestes. Martín mucho no los quería, porque Pedro decía que su afición era digna de niños, y que tanto mejor, que gente como su hijo los jugara, en vez de guardarlos. Martín estaba por excusarse, pero un empellón pasó a través de la puerta.
"¡Orestes, Orestes! ¡Qué chico!", exclamó el padre. "¡Venga para acá! Esa costumbre de meterse en casas ajenas sin permiso..." Lo llevó de una oreja, y prometió a Martín que el hecho no se volvería a repetir.
Martín les dijo adiós y volvió a sus cavilaciones, cuando notó que el Aeroflex no estaba más. Sintió una gran sensación de tristeza, el gamberro de Orestes se lo había llevado. "Y de seguro lo jugará, y don Pedro se va a excusar, mejor que lo jueguen...", bramó. Y con un poco de agua con soda se quitó el disgusto aquella tarde.
Pasaron los días. Pasó un mes. No supo qué decir en la siguiente reunión de la POCA, y ni quería nombrar al Aeroflex. Pero fue en vano. "¿Viste que a Juan Manuel lo atropelló un camión?", le comentó Oscar por lo bajo. "Tuvo que ver ese maldito Mastodóntic concept. Ya decía César que ese modelo era extraño. Quería estar todo el día con él. Decía que le recordaba sus campeonatos de papi fútbol. Y salíamos de su casa cuando el Beckett lo pisó, con el modelo en la mano."
"¿Lo tenés?", le preguntó Martín. "No, se lo llevó la policía como prueba. No podían creer semejante adicción", confesó un desolado Oscar. "No puedo comprender, y mirá que junto Pocket One desde los años setenta, que uno de ellos generara tanta adicción. No puedo creer que, como dice acá en la nota..." Lo miró, le despertó una alarma y arrebatado lo leyó con atención.
Pensó en Orestes. En el modelo que el chico le había birlado. Y salió raudo de la reunión papel en mano, sin terminar unos ñoquis a la bolognesa que recién acababa de empezar. Tenía que avisarle a Pedro de que no se le ocurriera...
Llegó a su edificio en la noche oscura. Buscó el 3º "D". Tocó el timbre nervioso. "¿Sos vos, Martín?", se escuchó la voz cansina de Pedro. "Ah, ¿qué hacés coleccionista? Me acordé de vos porque Orestes le está entrando la manía como a vos. Ya no tiene tantas ganas de jugar, se la pasa hablando todo el día de ese Macrobiotic Astrotech, o Mangonotic Afromech, prototipo de no se qué que tiene todo el tiempo en sus manos. O más bien tenía..."
"¿Tenía?" susurró Martín entre dientes. "Sí, porque el guapo del grado se lo afanó hace dos días. Pero menos mal, porque al día siguiente tuvo una caída y no va a poder venir al colegio por dos semanas. Ese guapito siempre anda cargoseando a mi Ori. Ese Afrozech al final me hizo un favor, sacándome de encima a ese loco por un rato."
Desolado, pero tranquilo, volvió a su dos ambientes. Y en el bolsillo, sacó la fotocopia que le había sacado a Oscar. Decía "El último invento de Boris Nistley, censurado. La pintura 'Glymogyn', patentada por el brillante creador británico, fue retirada del mercado por ser acusada de provocar extraños comportamientos en los operarios de Pocket One. Produce sueños, palpitaciones y distracciones al que ve sus reflejos. Se advierte que 'Glymogyn' fue utilizada para pintar los interiores de los modelos, sobre todo los motores del llamado concept car Mastodóntic Aeroflex..."
13-may-2013
lunes, 13 de mayo de 2013
miércoles, 31 de octubre de 2012
El murciélago dormido
Eduardo Crispón estaba cansado tras un arduo día de trabajo. Sus empleados habían trabajado duro, y el negocio había marchado bien. Más de treinta clientes habían comprado en su coqueta juguetería ubicada en el centro de la gran ciudad.
Mandó pues a sus empleados a poner las rejas en los vitrales de su negocio, y éstos fueron raudos a cumplir su misión. Pero a los dos minutos, un grito se apoderó de uno de ellos.
"¡Ay!" escuchó Eduardo en las afueras de su local. Reconoció la voz de Basilio, el más fiel y longevo de sus empleados. Acudió a la vitrina para ver que sucedía. ¡Lo había mordido un murciélago!
Eduardo salió a ver lo que decían Basilio y José al respecto. "El murciélago estaba dormido", aclaró su empleado, "y al empujar la reja, se despertó, y me mordió", a la vez que marcaba dos agujeros en el dedo índice de su mano derecha. Dispusieron de primeros auxilios y en encerrar al bicho para llevarlo a un centro antirrábico, y en eso había quedado todo.
Pasadas tres semanas de aquel hecho, el señor Crispón comenzó a notar un comportamiento poco habitual en Basilio. Éste, tan campante y alegre con los clientes, comenzaba a mostrar un tono lúgubre. Tenía su encanto, pero algo siniestro parecía esconderse en él.
"Basilio, ¿te sucede algo?" llegó a preguntar el dueño, a lo que éste contestó "No sé, me siento raro. Me siento como si me hubiesen revelado un pasado oscuro", a la vez que se dirigía al baño. Crispón llegó a tomarlo como una idea de su empleado para Halloween, ya que se acercaba ese período, y podría ser una idea para mejorar las ventas.
El tono lúgubre de Basilio se fue acentuando, con un traje negro elegante que pasó a llevar todos los días como empleado. Por algún motivo, la luz de día lo fastidiaba. Prefería estar en lugares oscuros. El café que solía tomar fue reemplazado por un extraño líquido rojo. "Es licor de cereza", argumentaba.
Las ventas de Halloween fueron más que exitosas en el negocio, ya que muchos chicos habían comprado disfraces, muñecos y accesorios al efecto. Basilio parecía atraerles, hecho que agradó al señor Crispón, a tanto que pensó en recompensar la estrategia de marketing de su subordinado.
Pero llegó el 1º de noviembre. Basilio llegó lúgubre como todos los días, con su traje negro. Eduardo, en un gesto de desgano dijo "Ya pasó Halloween como para que sigas de negro ¿no Basilio?". Recibió una mirada fatal como respuesta. El dueño pensó "¿No se le habrá ido la mano a este muchacho?".
Y ese día, en pleno mediodía, llegó otro señor. También de negro. También de modo lúgubre. Y al encontrarse con Basilio se abrazaron. Juntos entablaron una charla que se transformó en oración, que provocó que la oscuridad se hiciera presente en el negocio.
Esa oscuridad fue creciendo y creciendo, hasta que una explosión polvorosa rodeara a los dos lúgubres abrazados. Y ¡Puf! la explosión hizo que los se esfumaran del lugar.
Crispón atribuyó el suceso corte de luz. Revisó los tapones, regresó la electricidad y se encontró con que su empleado había cambiado de parecer. Estaba blanco y pálido, pero con una mirada normal. El visitante, con la explosión se había marchado.
"Basilio, ¿quién era este tipo?", preguntó curioso. Y éste le contestó: "Me dijo que pertenecía a la Organización de los Murciélagos. Me había mordido uno, y eso me hacía miembro, según él. Yo lo abracé, pero dije que mi vida como empleado tenía más sentido que una vida oscura entre ratas con alas. Así que me hizo un conjuro y me liberó". A la vez que mostraba su dedo índice, que ya tenía curada la herida de los colmillos.
José, atento como siempre, trajo un café y comentó de la llegada de nueva mercancía de un fabricante local. Eran conejos de felpa, pero tan oscuros y de ojos tan rojos que parecían murciélagos. Basilio miró de reojo a su compañero, y siguió con su trabajo.
24-sep-2012
Mandó pues a sus empleados a poner las rejas en los vitrales de su negocio, y éstos fueron raudos a cumplir su misión. Pero a los dos minutos, un grito se apoderó de uno de ellos.
"¡Ay!" escuchó Eduardo en las afueras de su local. Reconoció la voz de Basilio, el más fiel y longevo de sus empleados. Acudió a la vitrina para ver que sucedía. ¡Lo había mordido un murciélago!
Eduardo salió a ver lo que decían Basilio y José al respecto. "El murciélago estaba dormido", aclaró su empleado, "y al empujar la reja, se despertó, y me mordió", a la vez que marcaba dos agujeros en el dedo índice de su mano derecha. Dispusieron de primeros auxilios y en encerrar al bicho para llevarlo a un centro antirrábico, y en eso había quedado todo.
Pasadas tres semanas de aquel hecho, el señor Crispón comenzó a notar un comportamiento poco habitual en Basilio. Éste, tan campante y alegre con los clientes, comenzaba a mostrar un tono lúgubre. Tenía su encanto, pero algo siniestro parecía esconderse en él.
"Basilio, ¿te sucede algo?" llegó a preguntar el dueño, a lo que éste contestó "No sé, me siento raro. Me siento como si me hubiesen revelado un pasado oscuro", a la vez que se dirigía al baño. Crispón llegó a tomarlo como una idea de su empleado para Halloween, ya que se acercaba ese período, y podría ser una idea para mejorar las ventas.
El tono lúgubre de Basilio se fue acentuando, con un traje negro elegante que pasó a llevar todos los días como empleado. Por algún motivo, la luz de día lo fastidiaba. Prefería estar en lugares oscuros. El café que solía tomar fue reemplazado por un extraño líquido rojo. "Es licor de cereza", argumentaba.
Las ventas de Halloween fueron más que exitosas en el negocio, ya que muchos chicos habían comprado disfraces, muñecos y accesorios al efecto. Basilio parecía atraerles, hecho que agradó al señor Crispón, a tanto que pensó en recompensar la estrategia de marketing de su subordinado.
Pero llegó el 1º de noviembre. Basilio llegó lúgubre como todos los días, con su traje negro. Eduardo, en un gesto de desgano dijo "Ya pasó Halloween como para que sigas de negro ¿no Basilio?". Recibió una mirada fatal como respuesta. El dueño pensó "¿No se le habrá ido la mano a este muchacho?".
Y ese día, en pleno mediodía, llegó otro señor. También de negro. También de modo lúgubre. Y al encontrarse con Basilio se abrazaron. Juntos entablaron una charla que se transformó en oración, que provocó que la oscuridad se hiciera presente en el negocio.
Esa oscuridad fue creciendo y creciendo, hasta que una explosión polvorosa rodeara a los dos lúgubres abrazados. Y ¡Puf! la explosión hizo que los se esfumaran del lugar.
Crispón atribuyó el suceso corte de luz. Revisó los tapones, regresó la electricidad y se encontró con que su empleado había cambiado de parecer. Estaba blanco y pálido, pero con una mirada normal. El visitante, con la explosión se había marchado.
"Basilio, ¿quién era este tipo?", preguntó curioso. Y éste le contestó: "Me dijo que pertenecía a la Organización de los Murciélagos. Me había mordido uno, y eso me hacía miembro, según él. Yo lo abracé, pero dije que mi vida como empleado tenía más sentido que una vida oscura entre ratas con alas. Así que me hizo un conjuro y me liberó". A la vez que mostraba su dedo índice, que ya tenía curada la herida de los colmillos.
José, atento como siempre, trajo un café y comentó de la llegada de nueva mercancía de un fabricante local. Eran conejos de felpa, pero tan oscuros y de ojos tan rojos que parecían murciélagos. Basilio miró de reojo a su compañero, y siguió con su trabajo.
24-sep-2012
martes, 25 de septiembre de 2012
El Tríangulo de las Bermudas
Juan Marfilón era un avezado lector de novelas policiales. Se jactaba de haber leído toda la obra de Sir Arthur Conan Doyle, Agatha Christie y Georges Simenon durante todo un año. Personajes como Sherlock Holmes, el comisario Maigret o la pareja Beresford eran para él, cosa de todos los días.
Sentía una gran atracción por las librerías de viejo, ya que a través de ella conoció la popular colección "El séptimo círculo". Le quedaba por leer "El hombre XYY", uno de los primeros títulos. Y entonces planeó su búsqueda.
Las voces y recomendaciones lo llevaron a un pequeño local del casco histórico de San Isidro. Le dijeron que se encontraba muy cerca de la Catedral. Tomó el tren desde Belgrano C del tren Mitre y, en una abarrotada formación, siguió la vía hasta llegar a destino.
Se apeó en la estación, pero no sabía cómo llegar. "Vaya por Belgrano, y desde el mástil diríjase por 9 de Julio, la bifurcación a la izquierda". Pero estaba a punto de llevarse una extraña sorpresa.
Al caminar por el centro comercial de la ciudad, cavilaba en la coincidencia del nombre de la estación de la que partía, y la calle por la cual caminaba. Pero al llegar al mástil, sintió un extraño zumbido. Como si de un campo magnético se tratare. Los gorriones eludían la zona, a pesar de que los mástiles pueden volverse lugares de paso para las aves.
Miró hacia un lado y al otro del mástil, y notaba que el campo lo estaba embriagando de nostalgia. Añoranza por una infancia que no supo aprovechar, viejos tiempos en un departamento en Balvanera en el que el verbo jugar no existía, y las salidas tampoco. Tiempos en donde el libro se había vuelto su refugio desde aquellos largos años.
Juan comenzó a sentirse atraído hacia El Gorro Rojo, una juguetería temática que se centraba en temas ligados a la Navidad. Le asombró un diorama que reproducía tal cual el casco histórico de San Isidro, aunque ambientado en 1940. Vio el Banco, la Escuela de Comercio, el Concejo Deliberante y la Catedral, hacia el fondo.
Estaba a punto de entrar cuando sintió la sensación de verse atraído por lo que veía en el otro lado de Belgrano. Se trataba de otra juguetería, Mondo Gioco. Se vio impulsado a entrar a ella, y admirar la última colección de figuras de acción de detectives famosos.
Estuvo a punto de gritar "¡Quiero ese Poirot!" hasta que vio que su precio excedía largamente el del libro que iba a buscar. Con desazón pero con confianza, al salir se vio impulsado a cruzar el mástil hacia 9 de Julio, desde donde sentía el zumbido aún más fuerte.
Casi de inmediato cayó en una tercera juguetería, Felisa Niversario. Allí lo deslumbró unas cajas con juegos de investigación, con cartas y fichas, y muchas pistas. Las cajas eran tantas, que sentía que se abalanzaban hacia él.
Conmovido, con todas sus fuerzas salió del tercer local. Pero al hacerlo, el campo magnético hacía que volviera a pensar en los regalos navideños de El Gorro Rojo, o en las figuras de acción de Mondo Gioco. Se sentía impelido a quedarse allí en vez de dirigirse a su librería, y el deseo de jugar que no tuvo en su infancia se hacía cada vez más fuerte.
Creyó ver en el mástil la causa de tanto campo. Se dirigió a él y descubrió allí la causa de tanta nostalgia creciente. Al pie del mástil podía leerse el siguiente texto:
ANTENA DE LOS NIÑOS
Este mástil no sólo evoca a nuestra querida Bandera,
sino también las horas sustraídas al juego que tantas
horas de tecnología privaron a nuestros niños. El gran
Artemio Burtal, juguetero y electricista de profesión,
colocó en 1997 este adminículo para que los jóvenes de
hoy sientan la pasión por los juguetes con los que
se regodeaban sus mayores. Hemos formado aquí un triángulo,
al que dimos en llamar "Triángulo de las Bermudas",
con tres de las más reconocidas firmas en sus vértices
para probar el éxito de nuestro invento.
Y allí al pie, vio su reloj que marcaban las 12:15 del mediodía. Vio que muchos niños que salían de la Escuela de Comercio, se sentían impelidos a entrar ya sea a El Gorro Rojo, Mondo Gioco o Felisa Niversario. A los pocos minutos, los locales estaban atiborrados de guardapolvos blancos. Y, algunos minutos después, los mismos níveos párvulos se retiraban con algunas bolsitas, producto de alguna compra.
Miró con asombro tamaño espectáculo cuando una figura conocida se adivinaba de la bolsita de uno de los chicos. "¡Quiero mi Poirot...!" musitó Juan, con un dejo de angustia al ver la figura del regordete detective belga en aquel paquete.
Hacia las 12:30, sintió que el campo se cortó. Liberado, siguió por 9 de Julio y encontró por fin su buscada librería, donde no encontró "El hombre XYY", como esperaba. Pero sí halló títulos más nuevos de "El Séptimo Círculo" que no había leído, de los cuales se llevó dos o tres para comenzar a leer en el viaje de vuelta a Barrancas de Belgrano.
4-may-2012
Sentía una gran atracción por las librerías de viejo, ya que a través de ella conoció la popular colección "El séptimo círculo". Le quedaba por leer "El hombre XYY", uno de los primeros títulos. Y entonces planeó su búsqueda.
Las voces y recomendaciones lo llevaron a un pequeño local del casco histórico de San Isidro. Le dijeron que se encontraba muy cerca de la Catedral. Tomó el tren desde Belgrano C del tren Mitre y, en una abarrotada formación, siguió la vía hasta llegar a destino.
Se apeó en la estación, pero no sabía cómo llegar. "Vaya por Belgrano, y desde el mástil diríjase por 9 de Julio, la bifurcación a la izquierda". Pero estaba a punto de llevarse una extraña sorpresa.
Al caminar por el centro comercial de la ciudad, cavilaba en la coincidencia del nombre de la estación de la que partía, y la calle por la cual caminaba. Pero al llegar al mástil, sintió un extraño zumbido. Como si de un campo magnético se tratare. Los gorriones eludían la zona, a pesar de que los mástiles pueden volverse lugares de paso para las aves.
Miró hacia un lado y al otro del mástil, y notaba que el campo lo estaba embriagando de nostalgia. Añoranza por una infancia que no supo aprovechar, viejos tiempos en un departamento en Balvanera en el que el verbo jugar no existía, y las salidas tampoco. Tiempos en donde el libro se había vuelto su refugio desde aquellos largos años.
Juan comenzó a sentirse atraído hacia El Gorro Rojo, una juguetería temática que se centraba en temas ligados a la Navidad. Le asombró un diorama que reproducía tal cual el casco histórico de San Isidro, aunque ambientado en 1940. Vio el Banco, la Escuela de Comercio, el Concejo Deliberante y la Catedral, hacia el fondo.
Estaba a punto de entrar cuando sintió la sensación de verse atraído por lo que veía en el otro lado de Belgrano. Se trataba de otra juguetería, Mondo Gioco. Se vio impulsado a entrar a ella, y admirar la última colección de figuras de acción de detectives famosos.
Estuvo a punto de gritar "¡Quiero ese Poirot!" hasta que vio que su precio excedía largamente el del libro que iba a buscar. Con desazón pero con confianza, al salir se vio impulsado a cruzar el mástil hacia 9 de Julio, desde donde sentía el zumbido aún más fuerte.
Casi de inmediato cayó en una tercera juguetería, Felisa Niversario. Allí lo deslumbró unas cajas con juegos de investigación, con cartas y fichas, y muchas pistas. Las cajas eran tantas, que sentía que se abalanzaban hacia él.
Conmovido, con todas sus fuerzas salió del tercer local. Pero al hacerlo, el campo magnético hacía que volviera a pensar en los regalos navideños de El Gorro Rojo, o en las figuras de acción de Mondo Gioco. Se sentía impelido a quedarse allí en vez de dirigirse a su librería, y el deseo de jugar que no tuvo en su infancia se hacía cada vez más fuerte.
Creyó ver en el mástil la causa de tanto campo. Se dirigió a él y descubrió allí la causa de tanta nostalgia creciente. Al pie del mástil podía leerse el siguiente texto:
ANTENA DE LOS NIÑOS
Este mástil no sólo evoca a nuestra querida Bandera,
sino también las horas sustraídas al juego que tantas
horas de tecnología privaron a nuestros niños. El gran
Artemio Burtal, juguetero y electricista de profesión,
colocó en 1997 este adminículo para que los jóvenes de
hoy sientan la pasión por los juguetes con los que
se regodeaban sus mayores. Hemos formado aquí un triángulo,
al que dimos en llamar "Triángulo de las Bermudas",
con tres de las más reconocidas firmas en sus vértices
para probar el éxito de nuestro invento.
Y allí al pie, vio su reloj que marcaban las 12:15 del mediodía. Vio que muchos niños que salían de la Escuela de Comercio, se sentían impelidos a entrar ya sea a El Gorro Rojo, Mondo Gioco o Felisa Niversario. A los pocos minutos, los locales estaban atiborrados de guardapolvos blancos. Y, algunos minutos después, los mismos níveos párvulos se retiraban con algunas bolsitas, producto de alguna compra.
Miró con asombro tamaño espectáculo cuando una figura conocida se adivinaba de la bolsita de uno de los chicos. "¡Quiero mi Poirot...!" musitó Juan, con un dejo de angustia al ver la figura del regordete detective belga en aquel paquete.
Hacia las 12:30, sintió que el campo se cortó. Liberado, siguió por 9 de Julio y encontró por fin su buscada librería, donde no encontró "El hombre XYY", como esperaba. Pero sí halló títulos más nuevos de "El Séptimo Círculo" que no había leído, de los cuales se llevó dos o tres para comenzar a leer en el viaje de vuelta a Barrancas de Belgrano.
4-may-2012
¡Bienvenidos a Boliscopio!
Desde el principio de la era de la escritura, hubo muchas formas de escribir. Con cincel, con pluma, con lápiz... Lo normal, es que cuando se escriba a mano en las grandes ciudades sea con un bolígrafo.
Y de allí surge el término Boliscopio, que no es más que un caleidoscopio surgido desde un bolígrafo. Ríos de tinta, de imaginación y convicción pueden surgir desde la bolita de tungsteno de este útil elemento para escribir.
Desde aquí arrancamos, en este blog que servirá de cambalache para escrituras, reflexiones y temas personales del autor.
Y de allí surge el término Boliscopio, que no es más que un caleidoscopio surgido desde un bolígrafo. Ríos de tinta, de imaginación y convicción pueden surgir desde la bolita de tungsteno de este útil elemento para escribir.
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